
Al principio Dios se hace conocer como santidad, justicia, bondad, es decir misericordia. El alma no conoce todo esto a la vez, sino singularmente en relámpagos, es decir en los acercamientos de Dios. Eso no dura mucho tiempo, porque no podría soportar esa luz. Durante la oración el alma recibe un relámpago de esta luz, que le imposibilita orar el alma como hasta entonces. Puede esforzarse cuanto quiera, y esforzarse a orar como antes, todo en vano, se hace absolutamente imposible continuar rezando como se rezaba antes de recibir esta luz. La luz que tocó al alma, es viva en ella y nada le puede extinguir, ni obscurecer. Este relámpago de conocimiento de Dios arrastra su alma e incendia el amor hacia Él. Pero a la vez este mismo relámpago permite al alma conocer lo que es y ella ve todo su interior en una luz superior y se levanta horrorizada y asustada.
Sin embargo, no permanece en aquel espanto, sino que empieza a purificarse y humillarse, postrarse ante el Señor, y estsa luces se hacen más fuertes y más frecuentes; cuánto más cristalina se hace el alma, tanto más penetrantes son estas luces. Sin embargo, si el alma ha respondido fiel y resueltamente a estas primeras gracias, Dios la llena con sus consuelos y se entrega a ella de modo sensible. Entonces el alma entra casi en la relación de intimidad con Dios y se alegra enormemente; piensa que ya ha alcanzado el grado designado de perfección, ya que los errores y los defectos están dormidos en ella y piensa que y no los tiene. Nada le parece díficil, está preparada para todo.
Empieza a sumergirse en Dios y a disfrutar de las delicias de Dios. Es llevada por la gracia y no se da ceunta en absoluto de que puede llegar el momento de la prueba y de la lucha. Y en realidad este estado no dura mucho tiempo. Llegarán otros momentos, pero debo mencionar que el alma responde con más fidelidad a la gracia de Diso si tiene un confesor experimentado a quien confía todo.
Ft: Diario - La Divina Misericordia en mi alma - Santa María Faustina Kowalska. (ver 95) págs 71-72
